Alinka Echeverria - "Camino al Tepeyac"

El Endemoniau

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Ciudad, Barrio o Pueblo
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Del 21 de Septiembre al 14 de Octubre de 2012

En todas sus dimensiones, será cuestión de imagen. De imágenes e imágenes de imágenes. Y de la forma en la que la fotografía produce estas imágenes de imágenes, se inserta en ellas, las descifra, las reproduce, las transforma y les da un sentido dividido en estratos y en abismo, mucho más allá de lo que nos dicen que representan y que muestran.

En México, la Virgen de Guadalupe es omnipresente. Mucho más que la sola referencia a la aparición, fechada en 1531 sobre la colina del Tepeyac, se ha convertido –y en eso nada tiene en común con la sola creencia en la aparición milagrosa de la Virgen María en Lourdes o en Fátima– en el icono de un país, de una nación (Reina de México) e incluso una de las figuras, casi sincréticas, de un continente al que no le faltan, a tal grado que los mexicanos la califican también como "Emperatriz de Américas". Se la encuentra por todas partes, bajo todas las formas: pintada, dibujada, esculpida, en las iglesias naturalmente, y también en tiendas un poco por todas partes; en la pared esbozada, sobre una lata de conservas, un espejo, colgada en medio de los retratos de familia, bajo forma de fresco, e igual de exquisita bajo la bóveda de una iglesia colonial en donde se la viste con ricas ropas, que hecha de plástico, al exterior, convertida en recuerdo y baratija. Hasta en Los Ángeles, en donde los miembros de las bandas de delincuentes latinos la han pintado en los muros y la llevan orgullosamente tatuada, signo de reconocimiento y esperanza de protección, ya sea en la espalda, ya sea en el corazón, cuando no sobre el bíceps.

Una vez el año, provenientes de todas partes del país, los peregrinos se dan cita en el santuario, en la cumbre de la colina del Tepeyac para rendir homenaje a la Virgen de Guadalupe, pedirle un favor, una curación, el amor, la riqueza, un más allá más dichoso que el que viven con frecuencia aquí abajo. Son millones: se dice que son seis millones cada año. Vienen a pie, caminando durante varios días, algunos solos, otros en familia, a menudo acompañados de niños, con su traje tradicional a veces, a quienes acaban por cargar en sus hombros cuando ya están demasiado cansados para seguir avanzando. Caminan y rezan bajo el calor con un solo objetivo, esta virgen, este lugar santo, acercarse una vez al menos –como sucede con tantas otras religiones– del origen, supuesto o verdadero. Qué más da. Estar allí. Ser merecedor. A tal grado que muchos 2terminarán su viaje con los pies desnudos, o incluso de rodillas, en el sufrimiento. Para

merecer.

Merecer la benevolencia, la ayuda en este mundo y el perdón en el otro, merecer que la Virgen tenga a bien ponerlos bajo su protección. Porque la Virgen es salvadora.

En el fondo, nada muy diferente que en muchos peregrinajes, manifestaciones colectivas, que son ante todo el aglomerado de decisiones individuales reunidas por una misma creencia, nada si no es que el número, impresionante, que da la medida de esta fe en una "buena madre" radiante, siempre representada en un óvalo de luz que emana de ella. La Virgen de Guadalupe es solar. Muy al principio, se habló de la fotografía como si se tratase de un dibujo heliográfico.

Hay, sin embargo, una diferencia, esencial, fundamental, con otros peregrinajes, y que se refiere a la imagen. La imagen de esta virgen adulada, naturalmente. Como una manifestación exacerbada de esta relación con la imagen, que el catolicismo ha declinado con una singularidad asombrosa desde "la impresión" del Santo Sudario, numerosos peregrinos llevan en ellos la imagen de la divinidad que vienen a la vez a implorar y glorificar. Pero no bajo la forma de estas medallas o escapularios que son el aspecto ordinario de una forma de superstición combinada a la de la joyería o de la ornamentación, no; la llevan sobre su espalda, bajo formas variadas, verdaderas derivaciones del motivo en variaciones a menudo populares y artesanales, a veces industriales –algunas se producen hoy día en China...–, y la transportan hasta el final del camino. Se convierten así, parcialmente, en una viva imagen de esta virgen que van a adorar y uno se imagina sin pena, después de tantos kilómetros, la situación en la cual, ante la imagen original, teniendo sobre su espalda una variante de esta misma imagen, van a llevar una mirada de súplica, de respeto, de felicidad y de miedo mezclados, antes de inclinarse desviando los ojos, inclinándose respetuosamente antes de volver a partir, cargados como siempre con la representación del icono.

Pues se trata realmente de una carga para algunos, que no se satisfacen con una manera de pendón o bandera que cuelgan a su mochila o en la cual ellos se envuelven.

Hay de todo, estatuas inmensas, pequeñas también, a veces delicadamente puestas en una cobija, cuadros más grandes que quienes los portan, en todas las estéticas, con cuadros inmensos a veces, trabajados en madera, vírgenes pirograbadas, otras bosquejadas a populares, algunas sabiamente bordadas sobre tejidos ordinarios o delicados, sobre 3pieles, manteles; otras incluso, ciertamente más refinadas que otras, provenientes de una capilla quizá, en su contenedor en vidrio y metal. Miles de vírgenes, miles de imágenes en

marcha, como una inmensidad, incontable, que daría cuenta de la intensidad de la creencia.

En esta acumulación que parece infinita, Alinka Echeverría eligió trescientas cincuenta figuras. Organizó su propia colección, con atención, cuidadosamente, de manera sencilla, sin efecto. Pero en color, lo que es esencial en este caso, tan solo para permitirnos percibir las innumerables decoraciones, flores artificiales, ofrendas (algunos peregrinos dan la impresión de desplazarse con un altar portátil), pero también las bebidas y los distintos objetos que, como los zapatos a menudo, nos indican que efectivamente estamos a principios del siglo XXI. Si, a primera vista, no se entregó a ninguna retórica estilística, sin embargo –y es esencial en fotografía, sobre todo como en este caso pertinente– Alinka estableció un dispositivo de una rara eficacia.

No se interesó–aunque cierto número de señales pueden dejarnos sospechar que se trata de una población variada pero globalmente popular y probablemente más bien modesta– ni por la muchedumbre ni por la sociología. Se concentró en las imágenes y, por ello, fotografió a los peregrinos de espalda. No hizo entonces "retratos", sino que inventarió la situación de las imágenes transportadas. Imágenes a veces desgarradoras cuando sólo aparece la parte inferior de las piernas del caminante bajo un marco desmesurado, o cuando la parte superior de una estatua ha sustituido su cabeza. El peregrino cambió de forma, mitad hombre, mitad imagen, se transformó por un extraño trasplante en un animal fabuloso, que al tiempo que podría ser pariente del centauro, parece estar marcado en su cuerpo mismo con una nueva identidad en la cual es difícil separar lo que pertenece a lo sagrado y a lo pagano.

Este punto de vista –en el verdadero sentido del término, que comienza físicamente– del fotógrafo se duplica con una operación que corresponde tanto al método como a la estética. Al afinar las imágenes, aísla a cada uno de los personajes, los extrae de la muchedumbre, de la masa y concentra nuestra atención en la imagen que arrastran y nos obliga así a descifrar las modalidades de la representación. Nace así una forma de catálogo que, en su diversidad, se vuelve fascinante, vertiginoso. La eficacia del conjunto depende entonces de esta tensión que elimina la anécdota para obligarla a la lectura. ¿De dónde vienen y a donde van, así cargados? ¿Se mueven, por cierto?

En la vida, ciertamente, pero no en las fotografías de Alinka Echeverria, que nos envía –y juega con ello de manera brillante– a la imprecisión por naturaleza de la fotografía para obligarnos a una confrontación, a una imagen, nada más que una imagen. Es por el punto de vista que adopta, por la radicalidad de la descontextualización que los hace sufrir, que aquellos y aquellas que van sobre este camino del Tepeyac que no veremos nunca (no más que el lugar sagrado) se convierten en una fabulosa aventura de las imágenes. En cascada, en apilamiento sucesivo de imágenes e imaginería. Se convierten en imagen porque transportan una interpretación de la imagen que van a venerar y que el fotógrafo sólo conserva de ellos esta imagen eco de otra imagen. Y es obviamente porque la creencia, a falta de generar visiones para cada uno, se ha materializado en una imagen convertida en "la Imagen", que eso es posible.

El conjunto constituye obviamente un impresionante documento, pero no se refiere a la estética documental tal como históricamente se pudo practicarla (Walker Evans, Sander) o recientemente con sus principios de repeticiones formales desde el punto de vista y la noción de serie. Procede, no obstante, de allí, pero opera una ruptura con toda idea de reportaje (y de relato, y de anécdota) al igual que establece una combinación original entre documental y conceptual. La ausencia de toda referencia espacial desplaza la observación, con una gran libertad, de la sola constatación hacia un extraño sentimiento de paradoja, entre un flotamiento de los personajes y el peso de lo que llevan y de lo que eso representa.

Todo ello corresponde también, en gran parte, a toda esta iconografía católica en la cual el dolor, por no decir el masoquismo, ha dado tantas representaciones sanguinolentas y que, del barroco a los místicos, produjo una pintura, una escultura y una literatura asociando lo sublime y el sufrimiento, pan de oro y lágrimas, elevación y contingencia.

No estamos aquí en lo que ha convenido considerarse como "gran arte", pero queda uno boquiabierto por la inventiva de las representaciones, siempre sabias a su manera. Hay flores de plástico o de papel, lentejuelas y bordados, piel, lana, algodón, seda, listones, metal y madera, marcos y yeso, lápiz, pintura, pan de oro, humildes enriquecimientos. Y hay color, mexicano, profundo, y hay también, aún cuando uno de 5los peregrinos transporta incluso una enorme hoja de nopal con las puntas aceradas, una gran alegría, júbilo visual. Pero no, sólo esta Ella. La Imagen.

Centro Cultural Paseo Quinta Trabucco

Melo 3050

Florida

Buenos Aires
Mar a Sáb de 9 a 17.30 hs. Dom de 14 a 17.30 hs.
 

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